Madres rebeldes y niños milagro: criar cuando la infancia no vale nada

Madres rebeldes y niños milagro: crianza rebelde

Convertirse en madre es, para muchas mujeres, la experiencia más transformadora de su vida.
Muchas de las mujeres a las que atiendo, aunque no vengan por ese motivo, reflexionan sobre si quieren o no ser madres: se preguntan si vale la pena, si serán capaces, si eso las hará felices o cómo afectará a su relación de pareja.

A lo largo de los 20 años de ejercicio profesional, he escuchado multitud de relatos sobre la crianza y he tenido el privilegio de acompañar a muchas mujeres en esa transformación brutal que supone convertirse en madre.

Si bien la maternidad es una experiencia compleja y extremadamente subjetiva, lo cierto es que los discursos de mis pacientes tienen puntos en común que me llevan a pensar que el nivel de satisfacción de la maternidad va a depender mucho del contexto en el que sucede y, especialmente, de lo acompañada que se sienta.

En los últimos años hemos pasado de promover una visión edulcorada de la maternidad a concebir esta como una gran epopeya.
Esto me lleva a la pregunta: ¿Cómo han cambiado tanto las expectativas que las mujeres de hoy tienen en relación con la maternidad?

Por un lado, hasta hace pocos años, hablar de los sentimientos negativos ante la crianza o ante los propios hijos era un tabú. Movimientos como @Malasmadres han roto ese tabú, permitiendo a las mujeres ser más honestas a la hora de contar a otras mujeres su experiencia.
Por otro lado, es probable que ser madre en los tiempos que corren sea emocionalmente más duro de lo que lo fue en otras épocas. La razón: en ningún otro momento social las madres han estado tan solas. Ya no se cría en comunidad y los conocimientos sobre la crianza no forman parte de un saber popular.

Las mujeres de hoy se han preparado a conciencia para su carrera profesional y han luchado para abandonar el rol de cuidadoras que tradicionalmente han desempeñado otras generaciones.
Estas mujeres que, pudiendo ser muchas cosas, escogen además ser madres, quieren ser buenas madres, quieren hacerlo bien. A menudo “han llegado tarde a la maternidad” en términos biologicistas —al menos eso asegura su ginecólogo—. No van a tener muchos hijos; a veces, solo tendrán uno.

Mi abuela paterna tuvo siete hijos. Tenía expectativas diferentes para cada uno de ellos; podemos incluso pensar que, si uno le salía rana, tenía otros seis en los que depositar sus esperanzas. Tener uno o más hijos supone, de por sí, una mirada distinta a la hora de encarar la crianza.

Las madres de hoy vienen ya con la culpa prenatal de llegar tarde al encuentro con su bebé. Entonces abrazan, por primera vez, a ese “niño milagro”, que es el primero que tienen y, en muchos casos, el último. Y se prometen a sí mismas que lo harán bien.
Si la generación de nuestros abuelos aspiraba a que sus descendientes estudiaran, las generaciones actuales aspiran a criar niños felices.
“Yo solo quiero que mi hijo sea feliz”, repiten unas y otras madres sentadas en el sillón frente a mí.

Es completamente lícito desear que nuestros hijos sean felices, al mismo tiempo que es totalmente perverso pensar que una madre es responsable de la felicidad de su hijo.
Esta perversidad se la debemos a grandes títulos de la literatura mixta de autoayuda-crianza: Cómo criar niños felices, Los 7 hábitos de los niños felices… Son solo algunos de los títulos que podemos adquirir en Amazon. No es que no crea que la educación es importante en la salud mental de los niños, pero de ahí a pretender que nuestros hijos sean felices hay un abismo insalvable.

Sabemos mucho más de la crianza de lo que otras madres supieron y lo que no sabemos podemos preguntárselo a ChatGPT. Vivimos en una sociedad que tiene un acceso casi ilimitado al conocimiento, pero se trata de un conocimiento intelectual, cognitivo y, por tanto, a menudo difícil de aplicar en el día a día. Por poner un ejemplo: ¿podemos aprender a educar a nuestros hijos con disciplina positiva leyendo un libro o viendo vídeos en Instagram, o necesitamos haber crecido en un entorno de disciplina positiva?

¿Cuántos de los contenidos que consumimos en relación con la crianza son verdaderamente útiles y cuáles simplemente aumentan nuestra sensación de culpa e insuficiencia?
El conocimiento experiencial-relacional, tan importante para la crianza, no lo encontraremos ni en el pediatra ni en las RR. SS. Ese conocimiento solo se adquiere criando junto a otras madres, en esa “tribu” que echa de menos Carolina del Olmo.

Hemos sustituido los espacios informales de apoyo a la crianza por grupos de lactancia, a los que, afortunadamente, pueden asistir las “terribles madres” que sustituyeron el pecho por el biberón.
El éxito de proyectos como @Malasmadres reside en la posibilidad de expresar los miedos, las dudas, los sentimientos ambivalentes que desarrollamos hacia nuestros hijos e hijas, la culpa por sentir que, como mucho, somos “madres suficientemente buenas” —en palabras de Winnicott—, pero nunca perfectas. Somos madres que, como diría Laura Baena, no renunciamos, que retamos al mismísimo Carlos González y no dejamos de trabajar, que a menudo sentimos que estamos en todas partes y en ninguna.

Otra de las grandes paradojas de la crianza actual es que lo que se nos pide es construir un “entorno burbuja” para nuestros hijos. Todas sabemos que los niños deben estar alejados de las pantallas, del azúcar, de la comida procesada, del estrés… En definitiva, si seguimos los consejos de los expertos, una crianza saludable consiste en criar a nuestros hijos de espaldas al mundo en el que vivimos.

Recuerdo un día que caminaba con mi hijo, que entonces debía tener unos cuatro años, por la calle en la que vivimos. Debimos caminar unos 100 metros y él se paraba una y otra vez a pedir lo que le llamaba la atención de los escaparates. Tuvo tantas rabietas que tardamos 45 minutos en realizar el recorrido.
En mi desesperación, me puse a pensar cómo era este mismo barrio cuando yo era pequeña. Me vino a la cabeza la calle en la que crecí: en ella había una tintorería, un bar y un garaje.

Mi hijo y yo pasamos por delante de un establecimiento de UFO Catcher de peluches, un Tiger y una tienda de golosinas con una máquina de palomitas que emitía un aroma realmente tentador. Volver del colegio andando se transformó en un reto diario; implicaba gestionar, cada pocos metros, un reclamo publicitario que invita a consumir.

Esta anécdota me lleva a la siguiente reflexión, que complica la ya de por sí difícil tarea de criar: hacerlo en un entorno hostil para la infancia.
Podría escribir muchas páginas hablando de las dificultades de criar en grandes ciudades pensadas para los coches, sin parques ni zonas verdes… Prefiero poner el énfasis en las causas de estos entornos hostiles y no en las consecuencias. Muchas mujeres somos madres en una sociedad donde la infancia no tiene ningún valor. Los niños no valen nada en tanto en cuanto no tienen poder adquisitivo ni pueden votar.

Hasta en la antigua Roma había una palabra que describía a una clase social cuya riqueza era la de tener descendencia: los proletarii. Un término que evolucionó hasta el concepto del proletariado que Marx recupera en el siglo XIX.
En dos siglos, la infancia ha pasado de ser un bien social a considerarse propiedad privada.
¿Es posible que estemos viviendo el periodo histórico en el que los niños tienen menos valor social? ¿Cuántas veces he escuchado, tras una queja o una petición de ayuda, la frase “No haber tenido hijos”? Tener hijos no es un capricho. En mi opinión, tener hijos es un acto prosocial (por supuesto, hay muchos otros) y, cuando lo he dicho, he sido acusada de estar alineada con ciertos valores conservadores de los que se han apoderado ideologías de extrema derecha.

Soy de la opinión de que tener hijos en los tiempos que corren puede considerarse un acto de rebeldía. Las dificultades de conciliación y la falta de ayudas de los gobiernos que nos representan como sociedad justifican lo poco involucrados que se sienten quienes no son padres en esa ausencia de “crianza colectiva” que supone cuidar de los niños y de sus madres.

Algunos países de la Unión Europea cuentan con “bajas por maternidad” que son un sueño para muchas mujeres en el resto del mundo y, sin embargo, recuerdo a una paciente en uno de estos países de ensueño llevarse un gran disgusto a la hora de reincorporarse:
Con la excusa de que en un año su puesto se había quedado obsoleto, le asignaron una serie de tareas con escasa proyección profesional: “Sabía que estas cosas pasaban, pero sinceramente no creía que pudieran pasarme a mí, con mi perfil y mi experiencia. Nunca me he sentido discriminada en mi entorno laboral por ser mujer… hasta ahora”.

La desigualdad es tan evidente que algunos países han tratado de compensar esa diferencia de oportunidades en la carrera profesional ofreciendo un complemento a la pensión de jubilación; si bien son muy pocos.
En 2016, España introdujo un complemento de maternidad en la pensión contributiva para aquellas mujeres que tuviesen al menos dos hijos. En 2019, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea declaró esta medida discriminatoria por excluir a los padres. Desde 2021, madres y padres tienen acceso al complemento en la pensión de jubilación.

¿Qué otros colectivos tienen complementos especiales a la jubilación?
Aquellos que han prestado algún servicio especial y han sido condecorados por ello, como militares y policías, o quienes han realizado actividades —y cito— “penosas, insalubres o peligrosas para la salud”, como mineros y trabajadores del mar.
Y las madres, ¿pertenecemos a ese colectivo que ha realizado actividades insalubres y peligrosas… o merecemos condecoraciones o medallas?

En estas condiciones, resulta casi milagroso que algunas mujeres sigan teniendo hijos. Algo que he observado en mi práctica profesional es que aquellas mujeres que deciden ser madres y no se sentían identificadas con el movimiento feminista empiezan a interesarse por él; y las que ya lo estaban, se “radicalizan”.

Así que no se sorprendan si les digo que no he visto nada aumentar tanto los sentimientos feministas de una mujer como ser madre.


Foto: (CC BY 2.0) – snelson – A youg mother shading her child from the saun

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